sábado, 10 de julio de 2010

LAS MADRES NO MUEREN

“Generalmente, las madres, más que amar a los hijos, se aman en los hijos”.(Friedrich Nietzsche)
“MAMÁ SOLO MUERE CUANDO QUIERE”

Yo tenía 6 años cuando maté a mi mamá por primera vez. No quería que estuviera junto a mí en mi 1º día de clase.Yo me consideraba lo suficientemente fuerte para enfrentar los desafíos que la nueva vida me traería. Pocas semanas después descubrí aliviado que ella aún estaba allí, lista para defenderme de los compañeros agresivos que me amenazaban, y para auxiliarme frente a las dificultades de mis primeras cuentas.

A los 14 años la maté nuevamente. No la quería imponiéndome reglas o límites, ni que me impidiera vivir la plenitud de los vuelos juveniles. Pero enseguida, con la primera borrachera, felizmente la redescubrí viva, fue cuando ella no solo me curó de la resaca, sino que también impidió la vergonzosa paliza que recibiría de mi padre. A los 18 años pensé que mataría a mi madre definitivamente, sin chances para la resurrección. Había entrado a la facultad, me había mudado a la capital, hacía política estudiantil, actividades en que la presencia materna no cabía en ninguna hipótesis.

Ingenuo engaño. Cuando me descubrí confundido sobre qué rumbo seguir, volví a la casa materna, único espacio posible de guarida y comprensión. A los 23 años me di cuenta que la muerte materna era posible, solo requería lentitud. Fue cuando me casé, planté bandera de independencia y seguí viaje. Pero bastó ver nacer a mi primera hija, para descubrir que ese ser llamado madre se transformaría en un espécimen aún más vigoroso llamado abuela. Para quien aún no vivió la experiencia, abuela es madre en dosis doble.

A pesar de todo, continué creyendo en la tesis de la muerte lenta y demorada, y de a poco me fui sintiendo más distante y autónomo, aún cuando a intervalos regulares ella reapareciese en mi vida desempeñando papeles importantes y únicos, papeles que solamente ella podría protagonizar. Pero el final de esa historia, al contrario de lo que siempre imaginé, fue ella quien la definió.

Cuando menos lo esperaba, ella decidió morir. Así, sin más, ni menos, sin pedir permiso, sin hora marcada u ocasión para la despedida. Ella simplemente se fue, dejando la lección:
- Las madres son para siempre. Al contrario de lo que siempre imaginé, son ellas quienes deciden cuanto esta eternidad puede durar en la vida, y cuanto queda relegado para el etéreo terreno de la nostalgia.

Esto pertenece a un autor desconocido. No sé... si la vida es corta o demasiado larga para nosotros...Solo sé que debemos demostrar nuestro amor a las personas, mientras ellas están por aquí...¡Es por eso que tenemos que amarla siempre!Y no matarla en vida...Nunca sabremos cuando ella va a querer partir...El vacío que queda, nunca conseguiremos llenarlo.

Para quien aún la tiene a su lado, ámala...Abrázala siempre...Y para quien ya no la tiene...Guarda sus recuerdos en el más precioso de los baúles...Dondequiera que ella esté, debes saber que siempre va a entender el mensaje...Va a llorar cuando llores...Va a sonreír cuando sonrías...Va a velar por tu sueño, como lo hacía cuando eras un niño...No esperes su partida para darle AMOR.

Un día vas a descubrir que tal vez la persona que más te amó en la vida, fue ella...Incondicionalmente...Desde que surgiste en esta vida...Si ella está a tu lado, dale un beso y un abrazo, y dile lo que ella siempre quiso oír:
¡MAMÁ, YO TE AMO! ¡GRACIAS POR EXISTIR!
Y si ella ya no está a tu lado...Cierra los ojos y haz una oración por ella, agradeciendo por la vida y también diciendo que la amas.

lunes, 5 de julio de 2010

EL CABALLERO - capitulo 7

LA CIMA DE LA VERDAD

Centímetro a centímetro, palmo a palmo, el caballero escaló, con los dedos ensangrentados por tener que aferrarse a las afiladas rocas. Cuando ya casi había llegado a la cima, se encontró con un canto rodado que bloqueaba su camino. Como siempre, había una inscripción sobre él: aunque este Universo poseo, nada poseo, pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido.

El caballero se sentía demasiado exhausto para superar el último obstáculo. Parecía imposible descifrar la inscripción y estar colgado de la pared de la montaña al mismo tiempo, pero sabía que debía intentarlo. Ardilla y Rebeca se sintieron tentadas de ayudarle, pero se contuvieron, pues sabían que a veces la ayuda puede debilitar a un ser humano. El caballero inspiró profundamente, lo que le aclaró un poco la mente. Leyó la última parte de la inscripción en voz alta: “Pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido”.

El caballero reflexionó sobre algunas de las cosas “conocidas” a las que se había aferrado durante toda su vida. Estaba su identidad - quién creía que era y que no era - Estaban sus creencias - aquello que él pensaba que era verdad y lo que consideraba falso - Y estaban sus juicios - las cosas que tenía por buenas y aquellas que consideraba malas. El caballero observó la roca y un pensamiento terrible cruzó por su mente: también conocía la roca a la cual se aferraba para seguir con vida. ¿Quería decir la inscripción que debía soltarse y dejarse caer al abismo de lo desconocido?

- Lo has cogido caballero, - dijo Sam - Tienes que soltarte.
- ¿Qué intentas hacer, matarnos a los dos? Gritó el caballero.
- De hecho, ya estamos muriendo ahora mismo - dijo Sam - Mírate. Estás tan delgado que podrías deslizarte por debajo de una puerta, y estas lleno de estrés y miedo.
- No estoy tan asustado como antes - dijo el caballero.
- En ese caso, déjate ir y confía -. Dijo Sam
- ¿Qué confíe en quién? - replicó el caballero enfadado. Estaba harto de la filosofía de Sam.
- No es un quién - respondió Sam - ¡ No es un quién sino un qué!
- ¿Un qué? - preguntó el caballero.
- Sí - dijo Sam - La vida, la fuerza, el universo, Dios, como quieras llamarlo.
El caballero miró por encima de su hombro y vio el abismo aparentemente infinito que había debajo de él.
- Déjate ir - le susurró Sam con urgencia.

El caballero no parecía tener alternativa. Perdía fuerza en cada segundo que pasaba y la sangre brotaba de sus dedos allí donde se aferraban a la roca. Pensando que moriría, se dejó ir y se precipitó al abismo, a la profundidad infinita de sus recuerdos.
Recordó todas las cosas de su vida de las que había culpado a su madre, a su padre, a sus profesores, a su mujer, a su hijo, a sus amigos y a todos los demás. A medida que caía en el vacío, fue desprendiéndose de todos los juicios que había hecho contra ellos.
Fue cayendo cada vez más rápidamente, vertiginosamente, mientras su mente descendía hacia su corazón. Luego, por primera vez en su vida, contempló su vida con claridad, sin juzgar y sin excusarse. En ese instante, aceptó toda la responsabilidad por su vida, por la influencia que la gente tenía sobre ella, y por los acontecimientos que le habían dado forma.

A partir de ese momento, fuera de si mismo, nunca más culparía a nada ni a nadie de todos los errores y desgracias. El reconocimiento de que él era la causa, no el efecto, le dio una nueva sensación de poder. Ya no tenía miedo. Le sobrevino una desconocida sensación de calma y algo muy extraño le sucedió: ¡empezó a caer hacia arriba! ¡Sí, parecía imposible, pero caía hacia arriba, surgiendo del abismo! Al mismo tiempo, se seguía sintiendo conectado con lo más profundo de él, con el centro de la Tierra. Continuó cayendo hacia arriba, sabiendo que estaba unido al cielo y la Tierra.

Repentinamente, dejó de caer y se encontró de pie en la cima de la montaña y comprendió el significado de la inscripción de la roca. Había soltado todo aquello que había temido y todo aquello que había sabido y poseído. Su voluntad de abarcar lo desconocido le había liberado. Ahora el universo era suyo, para ser experimentado y disfrutado. El caballero permaneció en la cima, respirando profundamente y le sobrevino una sobrecogedora sensación de bienestar. Se sintió mareado por el encantamiento de ver, oír y sentir el universo que le rodeaba. Antes, el temor a lo desconocido había entumecido sus sentidos, pero ahora podía experimentar todo con una claridad sorprendente. La calidez del sol del atardecer, la melodía de la suave brisa de la montaña y la belleza de las formas y los colores de la naturaleza que pintaban el paisaje, causaron un placer indescriptible al caballero. Su corazón rebosaba de amor: por sí mismo, por Julieta y Cristóbal, por Merlín, por Ardilla y por Rebeca, por la vida y por todo el maravilloso mundo.

Rebeca y Ardilla observaron al caballero ponerse de rodillas, con lágrimas de gratitud surgiendo de sus ojos.
“Casi muero por todas las lágrimas que no derramé”, pensó. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, por su barba y por su peto. Como provenían de su corazón, estaban extraordinariamente calientes, de manera que no tardaron en derretir lo que quedaba de su armadura. El caballero lloraba de alegría. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar en todas direcciones nunca más. Nunca más vería la gente el brillante reflejo del acero, pensando que el sol estaba saliendo por el norte o poniéndose por el oeste.
Sonrió a través de sus lágrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba de él; una luz mucho más brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una luz destellante como un arroyo, resplandeciente como la luna, deslumbrante como el sol.

PORQUE AHORA EL CABALLERO ERA EL ARROYO. ERA LA LUNA. ERA EL SOL. PODÍA SER TODAS LAS COSAS A LA VEZ, Y MÁS, PORQUE ERA UNO CON EL UNIVERSO. ERA AMOR.
FIN


P.D. algunos pensareis que menudo alivio que ya a terminado esta pesada con el dichoso caballero, pero esta historia me ha encantado y por eso la pongo en mi BLOG, a quien no le haya gustado le recomendaría que lo leyese despacito para saber apreciarlo como se merece. Y a los que os haya gustado me alegro muchisimo.

Gracias querida Gata, sigo aquí, pero sin ganas de nada.

MI SALONCITO DE REGALOS Y PREMIOS