viernes, 28 de mayo de 2010

EL CABALLERO - capitulo 3

EL SENDERO DE LA VERDAD

Cuando el caballero despertó, Merlín estaba sentado silenciosamente a su lado.
- Siento no haber actuado como un caballero - dijo
- Mi barba está hecha una sopa.- añadió disgustado.

- No os excuséis - dijo Merlín -
-Acabáis de dar el primer paso para liberaros de vuestra armadura.


- ¿Qué queréis decir?

- Ya lo veréis - replicó el Mago. Se puso de pie. Es hora de que os vayáis.


Esto molestó al caballero. Estaba empezando a disfrutar de estar en el bosque con Merlín y los animales. De cualquier manera, le parecía que no tenía adónde ir. Aparentemente, Julieta y Cristóbal no lo querían en casa. Es verdad que podía volver al asunto de la caballería e ir a alguna cruzada. Tenía muy buena reputación en batalla, y había muchos reyes que se sentirían felices teniéndolo a su lado, pero ya no le parecía que luchar pudiese tener sentido.

Merlín le recordó al caballero su nuevo propósito: liberarse de la armadura.


-¿Por qué molestarse? - preguntó el caballero ásperamente - a Julieta y a Cristóbal les daba igual si me la quito o no.

- Hacedlo por vos mismo - sugirió Merlín - El estar atrapado entro todo ese acero os ha causado muchos problemas, y las cosas empeorarán con el paso del tiempo. Incluso podríais morir a causa de una neumonía por culpa de una barba empapada.

- Supongo que sí, mi barba se ha convertido en un fastidio - replicó el caballero - Estoy cansado de cargar con ella y estoy harto de comer papillas. Ahora que lo pienso, ni siquiera me puedo rascar la espalda cuando me pica.

- ¿Y cuando fue la última vez que sentisteis el calor de un beso, olisteis la fragancia de una flor, o escuchasteis una hermosa melodía sin que vuestra armadura se interpusiera entre vosotros?

- Ya ni me acuerdo - murmuró el caballero con tristeza - Tenéis razón, Merlín. Tengo que liberarme de esta armadura por mí mismo.

- No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta ahora - dijo Merlín - Fue así como os quedasteis atrapado en ese montón de acero al principio.

- Pero, ¿cómo puedo cambiar todo eso? - preguntó el caballero intranquilo.

- No es tan difícil como parece - explicó Merlín, conduciendo al caballero hacia un sendero - Éste es el sendero que seguisteis para llegar a estos bosques.

- Yo no seguí ningún sendero - dijo el caballero - ¡Estuve perdido durante meses!

- La gente no suele percibir el sendero por el que transita - replicó Merlín.

- ¿Queréis decir que el sendero estaba ahí pero yo no lo podía ver?

- Sí, y podéis regresar por el mismo, si asó lo deseáis; pero conduce a la deshonestidad, la avaricia, el odio, los celos, el miedo y la ignorancia.

- ¿Estáis diciendo que yo soy todo eso? - preguntó el caballero indignado.

- En algunos momentos, sois alguna de esas cosas - admitió Merlín en voz baja.


El mago señaló hacia otro sendero. Era más estrecho que el primero y muy empinado.

- Parece una escalada difícil - observó el caballero.

-Ése - dijo Merlín asintiendo - es el Sendero de la Verdad. Se vuelve más empinado a medida que se acerca a la cima de una lejana montaña.
El caballero contempló el empinado camino sin entusiasmo.
- No estoy seguro de que valga la pena. ¿Qué conseguiré cuando llegue a la cima?
- Se trata de lo que no tendréis. - explicó Merlín - ¡Vuestra armadura!


El caballero reflexionó sobre esto. Si regresaba por el camino por el que había venido, no tendría esperanzas de liberarse de su armadura y, probablemente moriría de soledad y fatiga. La única manera de quitarse la armadura era, por lo visto, seguir el Sendero de la Verdad, aunque pudiese, en tal caso, morir intentando trepar hacia la empinada montaña.El caballero observó el difícil sendero que tenía delante. Luego miró hacia abajo, y contempló el acero que cubría su cuerpo.
-Está bien - dijo con resignación - Probaré el Sendero de la Verdad.
Merlín asintió:

- Vuestra decisión de transitar un sendero desconocido, teniendo que cargar con una pesada armadura, requiere mucho coraje.El caballero sabía que tenía que comenzar de inmediato, porque, si no, podría cambiar de opinión.

- Iré a buscar mi fiel caballo - dijo - Oh, no - rebatió Merlín, moviendo la cabeza de lado a lado - El camino tiene partes demasiado estrechas para que un caballo pueda pasar. Tendréis que ir a pie. Horrorizado, el caballero se dejó caer sobre una roca.

- Creo que prefiero morir por culpa de una barba empapada - dijo, perdiendo todo el coraje con una rapidez impresionante.- No tendrás que viajar solo - le dijo Merlín - Ardilla os acompañará.

- ¿Qué pretendéis, que cabalgue sobre una ardilla? - preguntó el caballero, asustado ante la idea de tener por compañera en tan arduo viaje a un animal sabelotodo.

- Puede que no me puedas montar - dijo la ardilla - pero me necesitaréis para que os ayuda a comer. ¿Quien si no, masticará las nueces para vos y las pasará por vuestra visera?


Cuando Rebeca oyó la conversación, voló desde un árbol cercano y se posó en el hombro del caballero.
- Yo también os acompañaré. He estado en la cima de la montaña y conozco el camino - dijo.

La buena disposición que mostraban los dos animales para ayudarle, proporcionó al caballero el coraje que necesitaba.

Bueno, bueno - se dijo -¡uno de los principales caballeros del reino necesitando que una ardilla y un pájaro le den coraje!” Se puso de pie con gran esfuerzo, indicándole a Merlín que estaba listo para comenzar el viaje. Mientras caminaban por el sendero, el mago sacó una exquisita llave dorada de su cuello y se la dio al caballero.
- Esta llave abrirá las puertas de los tres castillos que bloquearán vuestro camino.

-¡Lo sé! Gritó el caballero - Habrá una princesa en cada castillo, y mataré al dragón que la retiene y la rescataré...

-¡Basta! - lo interrumpió Merlín - No habrá princesas en ninguno de estos castillos. E, incluso si las hubiese, en estos momentos no estáis capacitado para rescatar a ninguna. Tenéis que aprender a salvaros vos primero.

Tras la reprimenda, el caballero permaneció en silencio, mientras Merlín continuaba:

- El primer castillo se llama Silencio; el segundo Conocimiento y el tercero Voluntad y Osadía. Una vez hayáis entrado en ellos, encontraréis la salida sólo cuando hayáis aprendido lo que habéis ido a aprender.

Desde el punto de vista del caballero, esto no parecía tan divertido como rescatar princesas.

Además, en aquel momento, visitar castillos no era lo que más le apetecía.

- ¿Por qué no puedo simplemente rodear los castillos? Preguntó malhumorado.

- Si lo hacéis, os extraviaréis del sendero y seguramente os perderéis. La única manera de llegar a la cima de la montaña es atravesando los castillos - dijo Merlín firmemente.

El caballero suspiró profundamente mientras contemplaba la empinada y estrecha senda. Desaparecía entre los altos árboles que sobresalían hacia unas nubes bajas. Presintió que este viaje sería mucho más difícil que una cruzada.


Merlín sabía lo que el caballero estaba pensando.

- Sí - afirmó - es una batalla diferente la que tendréis que librar en el Sendero de la Verdad. La lucha será aprender a amaros.

-¿Cómo haré eso? - preguntó el caballero.

-Empezaréis por aprender a conoceros - respondió Merlín - Esta batalla no se puede ganar con la espada, así que la tendréis que dejar aquí - la tierna mirada de Merlín descansó en el caballero por un momento. Luego añadió -: Si os encontráis con algo con lo que no podáis lidiar, llamadme, y yo acudiré.

- ¿Queréis decir que podéis aparecer dondequiera que yo me encuentre?

- Cualquier mago que se precie lo puede hacer - replicó Merlín. Dicho esto desapareció.


El caballero quedó asombrado.

- ¡Pero bueno... si ha desaparecido!

Ardilla asintió.

- A veces realmente la hace buena.

- Gastaréis toda vuestra energía hablando - les riño Rebeca - Pongámonos en marcha.


El yelmo del caballero emitió un chirrido cuando éste asintió. Partieron con Ardilla al frente y, detrás, el caballero con Rebeca sobre su hombro. De tanto en tanto, Rebeca volaba en misión exploratoria y volvía para informarles de lo que les esperaba más adelante.

Después de unas horas, el caballero se derrumbó, exhausto y dolorido. No estaba acostumbrado a viajar sin caballo y con la armadura puesta. Como de todas maneras era casi de noche, Rebeca y Ardilla decidieron parar para dormir.


Rebeca voló entre los arbustos y regresó con algunas bayas, que empujó a través de los orificios de la visera del caballero. Ardilla fue a un arroyo cercano y llenó algunas cáscaras de nuez con agua, que el caballero bebió con la pajita que Merlín le había proporcionado. Demasiado agotado como ara esperar a que Ardilla le preparara más nueces, se quedó dormido.

A la mañana siguiente le despertó el sol cayendo sobre sus ojos. La luminosidad le molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz. Mientras intentaba entender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla y Rebeca le estaban observando, al tiempo que parloteaban y arrullaban con excitación. Hizo un esfuerzo por sentarse y, de repente, se dio cuenta de que podía ver mucho más que el día anterior, y que podía sentir la fresca brisa en sus mejillas.

¡Una parte de su visera se había roto y se había caído!

¿Cómo habrá sucedido?”, se preguntó.
Ardilla contestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta.

- Se ha oxidado y se ha caído.

- Pero ¿Cómo? - preguntó el caballero.

- Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestro hijo - dijo Rebeca.
El caballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lágrimas habían comenzado a deshacer el acero que le rodeaba.

-¡Esto es! Gritó - ¡Las lágrimas de auténticos sentimientos me liberarán de la armadura!


Se puso de pie más rápido de lo que había hecho en años.

- ¡Ardilla! ¡Rebeca! - gritó -¡Espabilad! ¡Vamos al Sendero de la Verdad!


Rebeca y Ardilla estaban tan llenas de alegría con lo que estaba sucediéndole al caballero que no le dijeron que su rima era malísima. Los tres continuaron la ascensión de la montaña. Era un día muy especial para el caballero. Notó las diminutas partículas iluminadas por el sol que flotaban en el aire, filtrándose a través de las ramas de los árboles. Miró con detenimiento las caras de algunos petirrojos y vio que no eran todas iguales.

Le comentó eso a Rebeca, que dio pequeños saltitos, arrullando alegremente.

- Estáis empezando a ver las diferencias en otras formas de vida porque estáis empezando a ver las diferencias en vuestro interior.

El caballero intentó comprender qué quería decir Rebeca exactamente. Era demasiado orgulloso para preguntar, pues todavía pensaba que un caballero tenía que ser más listo que una paloma.En ese preciso momento, Ardilla, que había ido a explorar, regresaba alborotada.

-El Castillo del Silencio está justo detrás de la próxima subida.


Emocionado ante la idea de ver el Castillo, el caballero apuró el paso. Llegó a la cima del monte sin aliento. Era verdad, el castillo se veía a lo lejos, bloqueando el sendero por completo. El caballero les confesó a Ardilla y Rebeca que estaba decepcionado. Había esperado una estructura más elegante. En lugar de eso, el Castillo del Silencio parecía uno más.


Rebeca rió y dijo:

-Cuando aprendáis a aceptar en lugar de esperar, tendréis menos decepciones.

El caballero asintió ante la sabiduría de estas palabras.

- He pasado casi toda mi vida decepcionándome. Recuerdo que, estando en la cuna, pensaba que era el bebé más bonito del mundo. Entonces mi niñera me miró y dijo: “Tenéis una cara que sólo una madre puede amar”. Me sentí decepcionado por ser feo en lugar de hermoso, y me decepcionó que la niñera fuera tan poco amable.

- Si realmente os hubierais sentido hermoso, no os hubiera importado lo que ella dijo. No os hubierais sentido decepcionado - explicó Ardilla.


Esto tenía sentido para el caballero.

- Estoy empezando a pensar que los animales son más listos que las personas.

- El hecho de que podáis decir eso os hace tan listo como nosotros - replicó Ardilla.

- No creo que todo esto tenga nada que ver con ser listo - dijo Rebeca - Los animales aceptan los humanos esperan. Nunca oiréis a un conejo decir: “Espero que el sol salga esta mañana para poder ir al lago a jugar”. Si el sol no sale, no le estropeará el día al conejo. Es feliz siendo un conejo.

El caballero pensó en esto. No recordaba a ninguna persona que fuera feliz simplemente por ser una persona.

Al poco rato llegaron a la puerta del enorme castillo. El caballero cogió la llave dorada de su cuello y la introdujo en la cerradura. Y mientras abría la puerta, Rebeca le dijo:

- Nosotras no iremos contigo.

El caballero, que estaba empezando a amar y a confiar en los animales, se sintió decepcionado por que no le acompañaran. Estaba a punto de decirlo, cuando se dio cuenta. Estaba esperando otra vez.

Los animales sabían que el caballero dudaba entre entrar o no en el castillo.

- Os podemos mostrar la puerta - dijo Ardilla, pero tendréis que entrar solo.

Al alejarse volando, Rebeca le llamó alegremente.

- Nos encontraremos al otro lado.

jueves, 20 de mayo de 2010

EL CABALLERO - capitulo 2

EN LOS BOSQUES DE MERLÍN

No fue tarea fácil encontrar el astuto mago. Había muchos bosques en los que buscar, pero sólo un Merlín. Así que el pobre caballero cabalgó día tras día, noche tras noche, debilitándose cada vez más.Mientras cabalgaba en solitario a través de los bosques, el caballero se dio cuenta de que había muchas cosas que no sabía. Siempre había pensado que era muy listo, pero no se sentía tan listo ahora, intentando sobrevivir en los bosques.De mala gana, se reconoció a sí mismo que no podía distinguir una baya venenosa de una comestible. Esto hacía del acto de comer una ruleta rusa. Beber no era menos complicado. El caballero intentó meter la cabeza en un arroyo, pero su yelmo se llenó de agua. Casi se ahoga dos veces. Por si eso fuera poco, estaba perdido desde que había entrado en el bosque. No sabía distinguir el norte del sur, ni el este del oeste. Por fortuna, su caballo sí lo sabía. Después de meses de buscar en vano, el caballero estaba bastante desanimado. Aún no había encontrado a Merlín, a pesar de haber viajado muchas leguas. Lo que le hacía sentirse peor aún era que ni siquiera sabía cuánto era una legua. Una mañana, se despertó sintiéndose más débil de lo normal y un tanto peculiar. Aquella misma mañana encontró a Merlín. El caballero reconoció al mago enseguida. Estaba sentado en un árbol, vestido con una larga túnica blanca. Los animales del bosque estaban reunidos a su alrededor, y los pájaros descansaban en sus hombros y brazos.

El caballero movió la cabeza sombríamente de un lado a otro, haciendo que rechinase su armadura. ¿Cómo podían estos animales encontrar a Merlín con tanta facilidad cuando había sido tan difícil para él?. Cansinamente, el caballero descendió de su caballo.

- Os he estado buscando - le dijo al mago - He estado perdido durante meses.- Toda vuestra vida - le corrigió Merlín, mordiendo una zanahoria y compartiéndola con el conejo más cercano.

El caballero se enfureció. - No he venido hasta aquí para ser insultado. - Quizá siempre os habéis tomado la verdad como un insulto - dijo Merlín, compartiendo la zanahoria con algunos de los animales. Al caballero tampoco le gustó mucho este comentario, pero estaba demasiado débil de hambre y sed como para subir a su caballo y marcharse. En lugar de eso, dejó caer su cuerpo envuelto en metal sobre la hierba. Merlín le miró con compasión. - Sois muy afortunado - comentó - Estáis demasiado débil para correr. - ¿Y eso qué quiere decir? - preguntó con brusquedad el caballero. Merlín sonrió por respuesta. - Una persona no puede correr y aprender a la vez. Debe permanecer en un lugar durante un tiempo. - Sólo me quedaré aquí el tiempo necesario para aprender cómo salir de esta armadura - dijo el caballero. - Cuando hayáis aprendido eso - afirmó Merlín - nunca más tendréis que subir a vuestro caballo y partir en todas direcciones.

El caballero estaba demasiado cansado como para cuestionar esto. De alguna manera, se sentía consolado y se quedó dormido enseguida. Cuando el caballero despertó, vio a Merlín y a los animales a su alrededor. Intentó sentarse, pero estaba demasiado débil. Merlín le tendió una copa de plata que contenía un extraño líquido. - Bebed esto - le ordenó. - ¿Qué es? - preguntó el caballero, mirando la copa receloso. - ¡Estáis tan asustado! - dijo Merlín - Por supuesto, por eso os pusisteis la armadura desde el principio. El caballero no se molestó en negarlo, pues estaba demasiado sediento. - Está bien, lo beberé. Vertedlo por mi visera. - No lo haré. Es demasiado valioso para desperdiciarlo. Rompió una caña, puso un extremo en la copa y deslizó el otro por uno de los orificios de la visera del caballero. -¡Ésta es una gran idea! - dijo el caballero. - Yo lo llamo pajita - replicó Merlín. - ¿Por qué? - ¿Y por qué no?

El caballero se encogió de hombros y sorbió el líquido por la caña. Los primeros sorbos le parecieron amargos, los siguientes más agradables, y los últimos tragos fueros bastante deliciosos. Agradecido, el caballero le devolvió la copa a Merlín. - Deberías lanzarlo al mercado. Os haríais rico. Merlín se limitó a sonreír. - ¿Qué es ? - preguntó el caballero. - Vida. - ¿Vida?

- Si - dijo el sabio mago. - ¿No os pareció amarga al principio y, luego, a medida que la degustabais, no la encontrabais cada vez más apetecible?. El caballero asintió. - Sí, los últimos sorbos resultaron deliciosos. - Eso fue cuando empezasteis a aceptar lo que estabais bebiendo. - ¿Estáis diciendo que la vida es buena cuando uno la acepta? - preguntó el caballero. - ¿Acaso no es así? - replicó Merlín, levantando una ceja divertido. - ¿Esperáis que acepte toda esta pesada armadura?. - Ah - dijo Merlín - no nacisteis con esa armadura. Os la pusisteis vos mismo. ¿Os habéis preguntado por qué?.

- ¿Y por qué no? - replicó el caballero, irritado. En ese momento, le estaba empezando a doler la cabeza. No estaba acostumbrado a pensar de esa manera.

- Seréis capaz de pensar con mayor claridad cuando recuperéis fuerzas - dijo Merlín.

Dicho esto, el mago hizo sonar sus palmas y las ardillas, llevando nueces entre los dientes, se alinearon delante del caballero. Una por una, cada ardilla trepó al hombro del caballero, rompió y masticó una nuez, y luego empujó los pequeños trozos a través de la visera del caballero. Las liebres hicieron lo mismo con las zanahorias, y los ciervos trituraron raíces y bayas para que el caballero comiera. Este método de alimentación nunca sería aprobado por el ministerio de Sanidad, pero ¿qué otra cosa podía hacer un caballero atrapado en su armadura en medio del bosque?.

Los animales alimentaban al caballero con regularidad, y Merlín le daba a beber enormes copas de Vida con la pajita. Lentamente, el caballero se fue fortaleciendo, y comenzó a sentirse esperanzado.

Cada día le hacía la misma pregunta a Merlín:

- ¿Cuando podré salir de esta armadura?

Cada día Merlín replicaba:

-¡Paciencia! Habéis llevado esa armadura durante mucho tiempo. No podéis salir de ella así como así.

Una noche, los animales y el caballero estaban oyendo al mago tocar con su laúd los últimos éxitos de los trovadores. Mientras esperaba que Merlín acabara de tocar Añoro los viejos tiempos, en que los caballeros eran valientes y las damiselas eran frías, el caballero le hizo una pregunta que tenía en mente desde hacía tiempo.

-¿Fuisteis en verdad el maestro del rey Arturo?

El rostro del mago se encendió.

- Sí, yo le enseñé a Arturo - dijo.

-Pero ¿cómo podéis seguir vivo? ¡Arturo vivió hace mucho tiempo! - exclamó el caballero.

- Pasado, presente y futuro son uno cuando estás conectado a la Fuente - replicó Merlín.

- ¿Qué es la Fuente? - preguntó el caballero.

- Es el poder misterioso e invisible que es el origen de todo.

- No entiendo - dijo el caballero.

- Eso se debe a que intentáis comprender con la mente, pero vuestra mente es limitada.

- Tengo una mente muy buena - le discutió el caballero.

- E inteligente - añadió Merlín - Ella te atrapó en esa armadura.

El caballero no pudo refutar eso. Luego recordó algo que Merlín le había dicho nada más llegar.

- Una vez me dijisteis que me había puesto esta armadura porque tenía miedo.

- ¿No es eso verdad? - respondió Merlín.

- No, la llevaba para protegerme cuando iba a la batalla.

- Y temíais que os hirieran de gravedad o que os mataran - añadió Merlín.

- ¿Acaso no lo teme todo el mundo?

Merlín negó con la cabeza.

- ¿Y quién os dijo que teníais que ir a la batalla?

- Tenía que demostrar que era un caballero bueno, generoso y amoroso.

- Si realmente erais bueno, generoso y amoroso, ¿por qué teníais que demostrarlo? - preguntó Merlín.

El caballero eludió tener que pensar en eso de la misma manera que solía eludir todas las cosas: se puso a dormir.

A la mañana siguiente, despertó con un pensamiento elevado en su mente: ¿Era posible que no fuese bueno, generoso y amoroso? Decidió preguntárselo a Merlín.

- ¿Qué pensáis vos? - replicó Merlín.

- ¿Por qué siempre respondéis a una pregunta con otra pregunta?

- ¿ Y por qué siempre buscáis que otros os respondan vuestras preguntas?

El caballero se marchó enfadado, maldiciendo a Merlín entre dientes.

- ¡Ese Merlín! - masculló - ¡Hay veces que realmente me saca de mi armadura!.

Con un ruido seco, el caballero dejó caer su pesado cuerpo bajo un árbol para reflexionar sobre las preguntas del mago.

¿Qué pensaba en realidad?

- ¿Podría ser - dijo en voz alta a nadie en particular - que yo no fuera bueno, generoso y amoroso?

- Podría ser - dijo una vocecita - Si no ¿por qué estáis sentado sobre mi cola?

- ¿Eh? - el caballero miró hacia abajo y vio a una pequeña ardilla sentada a su lado. Es decir, a casi toda la ardilla. Su cola estaba escondida.

-¡Oh perdona! - dijo el caballero, moviendo rápidamente la pierna para que la ardilla pudiera recuperar su cola - Espero no haberte hecho daño. No veo muy bien con esta visera en mi camino.

- No lo dudo - replicó la ardilla sin ningún resentimiento en la voz - Por eso siempre estáis pidiendo disculpas a la gente por haberles hecho daño.

- La única cosa que me irrita más que un mago sabelotodo es una ardilla sabelotodo. - gruñó el caballero - No tengo por qué quedarme aquí y hablar contigo.

Luchó contra el peso de la armadura en un intento de ponerse de pie. De repente, sorprendido, balbuceó:

- ¡Eh... tu y yo estamos hablando!

- Un tributo a mi buena fe - replicó la ardilla - teniendo en cuenta que os habéis sentado sobre mi cola.

- Pero si los animales no pueden hablar - dijo el caballero.

- Oh, claro que pueden - dijo la ardilla - Lo que sucede es que la gente no escucha.

El caballero movió la cabeza perplejo.

- ¿Me has hablado antes?

- Claro, cada vez que rompía una nuez y la empujaba por vuestra visera.

- ¿Cómo es que te puedo oír ahora si no te podía oír entonces?

- Admiro una mente inquisitiva - comentó la ardilla - pero ¿nunca aceptáis nada tal como es, simplemente porque es?

- Estás respondiendo a mis preguntas con preguntas - dijo el caballero - Has pasado demasiado tiempo con Merlín.

- Y vos no habéis pasado el tiempo suficiente con él.

La ardilla le dio un ligero golpe al caballero con su cola y trepó a un árbol corriendo. El caballero la llamó.

- ¡Espera! ¿Cómo te llamas?

- Ardilla - replicó ella simplemente, y desapareció en la copa del árbol.

Aturdido, el caballero movió la cabeza. ¿Se había imaginado todo esto? En ese preciso instante, vio a Merlín acercarse.

- Merlín - dijo Tengo ganas de salir de aquí. He empezado a hablar con las ardillas.

- Espléndido - replicó el Mago.

El caballero le miró preocupado.

- ¿Cómo puede ser espléndido? ¿Qué queréis decir?.

- Simplemente eso. Os estáis volviendo lo suficientemente sensible como para sentir las vibraciones de otros.

El caballero estaba obviamente confundido, así que Merlín continuó explicando:

- No hablasteis con la ardilla con palabras, sino que sentisteis sus vibraciones, y tradujisteis esas vibraciones en palabras. Estoy esperando el día en que empecéis a hablar con las flores.

- Eso será el día que las plantéis en mi tumba. ¡Tengo que salir de estos bosques!

- ¿Adonde irías?

- Regresaría con Julieta y Cristóbal. Han estado solos durante mucho tiempo. Tengo que volver y cuidar de ellos.

- ¿Cómo podéis cuidar de ellos si ni siquiera podéis cuidar de vos mismo? - preguntó Merlín.

- Pero les echo de menos - se quejó el caballero - quiero regresar con ellos. Aún en el peor de los casos.

- Y es exactamente así como regresaréis si vais con vuestra armadura - le previno Merlín.

El caballero miró a Merlín con tristeza.

- No quiero esperar a quitarme la armadura. Quiero volver ahora y ser un marido bueno, generoso y amoroso para Julieta y un gran padre para Cristóbal.

Merlín asintió comprensivo. Le dijo al caballero que regresar para dar de sí mismo era un maravilloso regalo.

- Sin embargo - añadió - un don para ser un don, debe ser aceptado. De no ser así es como una carga para las personas.

- ¿Queréis decir que quizá no quieran que regrese? - preguntó el caballero sorprendido - Seguramente me darían otra oportunidad. Después de todo, yo soy uno de los mejores caballeros del reino.

- Quizás esta armadura sea más gruesa de lo que parece - dijo Merlín con suavidad.

El caballero reflexionó sobre esto. Recordó las eternas quejas de Julieta porque él se iba a la batalla tan a menudo, por la atención que le prestaba a su armadura, y por su visor cerrado y su costumbre de quedarse dormido para no oír las palabras. Quizá Julieta no quisiera que él volviese, pero Cristóbal sí querría.

- ¿Por qué no mandarle una nota a Cristóbal y preguntárselo? - sugirió Merlín.

El caballero estuvo de acuerdo en que era una buena idea, pero ¿cómo podía hacerle llegar una nota a Cristóbal?

Merlín señaló a la paloma que estaba posada sobre su hombro.

- Rebeca la llevará.

El caballero estaba perplejo.

- Ella no sabe donde vivo. Es sólo un estúpido pájaro.

- Puedo distinguir el norte del sur y el este del oeste - respondió secamente Rebeca - lo cual es más de lo que se podría decir de vos.

El caballero se disculpó rápidamente. Estaba completamente pasmado. No sólo había hablado con una paloma y una ardilla, sino que además las había hecho enfadar a las dos en el mismo día.

Como era un pájaro de gran corazón, Rebeca aceptó las disculpas del caballero y partió con la nota para Cristóbal en el pico.

- No arrulles con palomas extrañas o dejarás caer mi nota - le gritó el caballero.

Rebeca ignoró este comentario desconsiderado. El caballero estaba cada vez más impaciente, temiendo que hubiera caído presa de alguno de los halcones de caza que él y otros caballeros habían entrenado. Se estremeció, preguntándose cómo había podido participar en un deporte tan sucio, y se arrepintió otra vez de su horrible equivocación.

Cuando Merlín terminó de tocas su laúd y de cantar Tendrás un largo y frío invierno, si tienes un corto y frío corazón, el caballero le expresó sus preocupaciones con respecto a Rebeca.

Merlín le dio confianza con un alegre verso:

- La paloma más lista que jamás haya volado, no puede ir a parar a ningún guisado.

En ese momento, un gran parloteo se levantó entre los animales. Todos miraban al cielo, así que Merlín y el caballero miraron también. Muy alto, sobre sus cabezas, dando círculos para aterrizar, estaba Rebeca.

El caballero se puso de pie con gran esfuerzo, el tiempo que Rebeca se posaba en el hombro de Merlín. Cogiendo la nota de su pico, el mago la miró y le dijo al caballero con gravedad que era de Cristóbal.

-¡Déjamela ver! - dijo el caballero, quitándole el papel... ¡Está en blanco! Exclamó- ¿qué quiere decir esto?

- Quiere decir - dijo Merlín suavemente - que vuestro hijo no os conoce lo suficiente como para daros una respuesta.

El caballero permaneció quieto un momento, pasmado, luego lanzó un gemido y lentamente cayó al suelo. Intentó retener las lágrimas, pues los caballeros de brillante armadura simplemente no lloran. Sin embargo, pronto su pena le venció. Luego, exhausto y medio ahogado en su yelmo por las lágrimas, el caballero se quedó dormido.


sábado, 15 de mayo de 2010

EL CABALLERO DE LA ARMADURA OXIDADA-1

EL DILEMA DEL CABALLERO

Hace ya mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía un caballero que pensaba que era bueno, generoso y amoroso. Hacía todo lo que suelen hacer los caballeros buenos, generosos y amorosos. Luchaba contra sus enemigos, que era malos, mezquinos y odiosos. Mataba a dragones y rescataba a damiselas en apuros. Cuando en el asunto de la caballería había crisis, tenía la mala costumbre de rescatar damiselas incluso cuando ellas no deseaban ser rescatadas y, debido a esto, aunque muchas damas le estaban agradecidas, otras tantas se mostraban furiosas con el caballero. Él lo aceptaba con filosofía. Después de todo, no se puede contentar a todo el mundo.
Nuestro caballero era famoso por su armadura. Reflejaba unos rayos de luz tan brillantes que la gente del pueblo juraba no haber visto el sol salir en el norte o ponerse en el este cuando el caballero partía a la batalla. Y partía a la batalla con bastante frecuencia. Ante la mera mención de una cruzada, el caballero se ponía la armadura entusiasmado, montaba su caballo y cabalgaba en cualquier dirección. Su entusiasmo era tal que a veces partía en varias direcciones a la vez, lo cual no es nada fácil.
Durante años, el caballero es esforzó en ser el número uno del reino. Siempre había otra batalla que ganar, otro dragón que matar y otra damisela que rescatar.

El caballero tenía una mujer fiel y bastante tolerante, Julieta, que escribía hermosos poemas, decía cosas inteligentes y tenía debilidad por el vino. También tenía un hijo de cabellos dorados, Cristóbal, al que esperaba ver algún día, convertido en un valiente caballero.
Julieta y Cristóbal veían poco al caballero porque, cuando no estaba luchando en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo. Con el tiempo, el caballero se enamoró hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar y, a menudo, para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada. Poco a poco, su familia fue olvidando qué aspecto tenía sin ella.
Ocasionalmente, Cristóbal le preguntaba a su madre qué aspecto tenía su padre. Cuando esto sucedía, Julieta llevaba al chico hasta la chimenea y señalaba el retrato del caballero.
- He aquí a tu padre - decía con un suspiro.
Una tarde, mientras contemplaba el retrato, Cristóbal le dijo a su madre:
-Ojalá pudiera a ver a padre en persona.
-¡No puedes tenerlo todo! - respondió bruscamente Julieta.
Estaba cada vez más harta de tener tan sólo una pintura como recuerdo del rostro de su marido y estaba cansada de dormir mal por culpa del ruido metálico de la armadura.
Cuando paraba en casa y no estaba absolutamente pendiente de su armadura, el caballero solía recitar monólogos sobre sus hazañas. Julieta y Cristóbal casi nunca podían decir una palabra. Cuando lo hacían, el caballero las acallaba, ya sea cerrando su visera o quedándose repentinamente dormido.
Un día, Julieta se enfrentó a su marido.
- Creo que amas más a tu armadura de lo que me amas a mí.
- Eso no es verdad - respondió el caballero - ¿Acaso no te amé lo suficiente como para rescatarte de aquel dragón e instalarte en este elegante castillo con paredes empedradas?
- Lo que tu amabas - dijo Julieta, espiando a través de la visera para poder ver sus ojos - era la idea de rescatarme. No me amabas realmente entonces y tampoco me amas realmente ahora.
- Sí que te amo - insistió el caballero, abrazándola torpemente con su fría y rígida armadura, casi rompiéndole las costillas.
-¡Entonces, quítate esa armadura para ver quién eres en realidad! - le exigió.
- No puedo quitármela. Tengo que estar preparado para montar en mi caballo y partir en cualquier dirección - explicó el caballero.
- Si no te quitas la armadura, cogeré a Cristóbal, subiré a mi caballo y me marcharé de tu vida.
Bueno, esto sí que fue un golpe para el caballero. No quería que Julieta se fuera. Amaba a su esposa y a su hijo y a su elegante castillo, pero también amaba a su armadura porque les mostraba a todos quién era él: un caballero bueno, generoso y amoroso. ¿Por qué no se daba cuenta Julieta de ninguna de estas cualidades?.
El caballero estaba inquieto. Finalmente, tomó una decisión. Continuar llevando la armadura no valía la pena si por ello había de perder a Julieta y Cristóbal.
De mala gana, el caballero intentó quitarse el yelmo pero, ¡no se movió!. Tiró con más fuerza. Estaba muy enganchado. Desesperado, intentó levantar la visera pero, por desgracia, también estaba atascada. Aunque tiró de la visera una y otra vez, no consiguió nada.
El caballero caminó de arriba abajo con gran agitación. ¿Cómo podía haber sucedido esto? Quizá no era tan sorprendente encontrar el yelmo atascado, ya que no se lo había quitado en años, pero la visera era otro asunto. Lo había abierto con regularidad para comer y beber. Pero bueno, ¡si la había abierto esa misma mañana para desayunar huevos revueltos y cerdo en su salsa!.
Repentinamente, el caballero tuvo una idea. Sin decir adónde iba, salió corriendo hacia la tienda del herrero, en el patio del castillo. Cuando llegó, el herrero estaba dándose forma a una herradura con sus manos.
- Herrero - dijo el caballero - tengo un problema.
- Sois un problema, señor - dijo socarronamente el herrero, con su tacto habitual.
El caballero, que normalmente gustaba de bromear, arrugó el entrecejo.
- No estoy de humor para tus bromas en estos momentos. Estoy atrapado en esta armadura - vociferó, al tiempo que golpeaba el suelo con el pie revestido de acero, dejándolo caer accidentalmente sobre el dedo gordo del pie del herrero.
El herrero dejó escapar un aullido y, olvidando por un momento que el caballero era su señor, le propinó un brutal golpe en el yelmo. El caballero sintió tan sólo una ligera molestia. El yelmo ni se movió.
- Inténtalo otra vez - ordenó el caballero, sin darse cuenta de que el herrero le había golpeado porque estaba enfadado.
- Con gusto - dijo el herrero, balanceando un martillo en venganza y dejándolo caer con fuerza sobre el yelmo del caballero. El yelmo ni siquiera se abolló.
El caballero se sintió muy turbado. El herrero era, con mucho, el hombre más fuerte del reino. Si él no podía sacar al caballero de su armadura, ¿quién podría?.
Como era un buen hombre, excepto cuando le aplastaban el dedo gordo del pie, el herrero percibió el pánico del caballero y sintió lástima.
- Estáis en una situación difícil, caballero, pero no os deis por vencido. Regresad mañana cuando yo haya descansado. Me habéis cogido el final de un día muy duro.
Aquella noche, la cena fue difícil. Julieta se enfadaba cada vez más a medida que iba introduciendo por los orificios de la visera del caballero la comida que había tenido que triturar previamente. A mitad de la cena, el caballero le contó a Julieta que el herrero había intentado abrir la armadura, pero que había fracasado.
-¡No te creo, bestia ruidosa! -Gritó al tiempo que estrellaba el plato de puré de estofado de paloma contra su yelmo.
El caballero no sintió nada. Sólo cuando la salsa comenzó a chorrear por los orificios de la visera, se dio cuenta de que le habían dado en la cabeza. Tampoco había sentido el martillo del herrero aquella tarde. De hecho, ahora que lo pensaba, su armadura no le dejaba sentir apenas nada, y la había llevado durante tanto tiempo que había olvidado cómo se sentían las cosas sin ella.
El caballero se entristeció mucho porque Julieta no creía que estaba intentando quitarse la armadura. El herrero y él lo habían intentado, y lo siguieron intentado durante días, sin éxito. Cada día el caballero se deprimía más y Julieta estaba cada vez más fría.
Finalmente, el caballero admitió que los esfuerzos del herrero eran vanos.
-¡Vaya con el hombre más fuerte del reino! ¡Ni siquiera puedes abrir este montón de lata! - gritó con frustración.
Cuando el caballero regresó a casa, Julieta le chilló:
- Tu hijo no tiene más que un retrato de su padre, y estoy harta de hablar con una visera cerrada. No pienso volver a pasar comida por los agujeros de esa horrible cosa nunca más. ¡Este es el último puré de cordero que te preparo!
- No es mi culpa si estoy atrapado en esta armadura. Tenía que llevarla para estar siempre listo para la batalla. ¿De qué otra manera, si no, hubiera podido comprar bonitos castillos y caballos para ti y para Cristóbal?
- No lo hacías por nosotros - argumentó Julieta, ¡Lo hacías por ti!.
Al caballero le dolió en el alma que su mujer pareciera no amarlo más. También temía que, si no se quitaba la armadura pronto, Julieta y Cristóbal realmente se marcharían. Tenía que quitarse la armadura, pero no sabía cómo.

El caballero descartó una idea tras otra por considerarlas poco viables. Algunos planes eran realmente peligrosos. Sabía que cualquier caballero que se plantease fundir su armadura con la antorcha de un castillo, o congelarla saltando a un foso helado, o hacerla explotar con un cañón, estaba seriamente necesitado de ayuda. Incapaz de encontrar ayuda en su propio reino, el caballero decidió buscar en otras tierras.
“En algún lugar debe de haber alguien que me pueda ayudar a quitarme esta armadura”, pensó.
Desde luego, echaría de menos a Julieta, Cristóbal y el elegante castillo. También temía que, en su ausencia, Julieta encontrara el amor en brazos de otro caballero, uno que estuviera deseoso de quitarse la armadura y de ser un padre para Cristóbal. Sin embargo, el caballero tenía que irse, así que, una mañana, muy temprano, montó en su caballo y se alejó cabalgando. No osó mirar atrás por miedo a cambiar de idea.
Al salir de la provincia, el caballero se detuvo para despedirse del rey, que había sido muy bueno con él. El rey vivía en un grandioso castillo en la cima de una colina del barrio elegante. Al cruzar el puente levadizo y entrar en el patio, el caballero vio al bufón sentado con las piernas cruzadas, tocando la flauta.
El bufón se llamaba Bolsalegre porque llevaba sobre su hombro una bolsa con los colores del arco iris, llena de artilugios para hacer reír o sonreír a la gente. Había extrañas cartas que utilizaba para adivinar el futuro de las personas, cuentas de vivos colores que hacía aparecer y desaparecer y graciosas marionetas que usaba para divertir a su audiencia.
- Hola, Bolsalegre - dijo el caballero - He venido a decirle adiós al rey.
El bufón miro hacia arriba.
- El rey se acaba de ir.
No hay nada que él os pueda decir.
- ¿Adónde ha ido? - preguntó el caballero.
- A una cruzada ha partido.
Si lo esperáis, vuestro tiempo habréis perdido.
El caballero quedó decepcionado por no haber podido ver al rey y perturbado por no poder unirse a él en la cruzada.
- Oh - suspiró. Podría morir de inanición dentro de esta armadura antes de que el rey llegara. - quizás no le vuelva a ver nunca más.
El caballero sintió ganas de dejarse caer de su montura pero, por supuesto, la armadura se lo impedía.
- Sois una imagen triste de ver.
No con todo vuestro poder, vuestra situación podéis resolver.
- No estoy de humor para tus insultantes rimas - ladró el caballero, tenso dentro de su armadura - ¿No puedes tomarte los problemas de alguien seriamente por una vez?.
Con una clara y lírica voz, Bolsalebre cantó:
- A mí los problemas no me han de afectar.
Son oportunidades para criticar.
- Otra canción cantarías si fueras tú el que estuviera atrapado aquí - gruñó el caballero.
Bolsalegre continuó:
- A todos, alguna armadura nos tiene atrapados.
Sólo que la vuestra ya la habéis encontrado.
- No tengo tiempo de quedarme y oír tus tonterías. Tengo que encontrar la manera de salir de esta armadura.
Y dicho esto, el caballero se dispuso a partir, pero Bolsalegre le llamó:
- Hay alguien que puede ayudaros, caballero, a sacar a la luz vuestro yo verdadero.
El caballero detuvo su caballo bruscamente y, emocionado, regresó hacia Bolsalegre.
- ¿conoces a alguien que me pueda sacar de esta armadura? ¿Quien es?
- Tenéis que ver al mago Merlín, así lograréis ser libre al fin.
- ¿Merlin? El único Merlin del que he oído hablar es el gran sabio, el maestro del Rey Arturo.
- Si. Si, el mismo es.
Merlín solo hay uno, ni dos ni tres.
- ¡Pero no puede ser! -Exclamó el caballero - Merlin y el rey Arturo vivieron hace muchos años.
Bolsalegre replicó:
- Es verdad, pero aún vive ahora. En los bosques el sabio mora.
- Pero esos bosques son tan grandes... dijo el caballero - ¿cómo lo encontraré ahí?
Bolsalegre sonrió.
- aunque muy difícil ahora os parece. Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece.
- Ojalá Merlín apareciera pronto. Voy a buscarlo a él - dijo el caballero.
Estiró el brazo y le dio la mano a Bolsalegre en señal de gratitud, y por poco le tritura los dedos del bufón con el guantelete.
Bolsalegre dio un grito. El caballero soltó rápidamente la mano del bufón.
- Lo siento.
Bolsalegre se frotó los magullados dedos.
- Cuando la armadura desaparezca y estéis bien. Sentiréis el dolor de los otros también.
- ¡Me voy! - dijo el caballero.
Hizo girar su caballo y, abrigando nuevas esperanzas en su corazón, se alejó galopando.

jueves, 13 de mayo de 2010

¡¡CAMPEONES!!

¡¡¡CAMPEONES, CAMPEONES, OE,OE,OE!!! VIVA MI ATLETI




Y EL PROXIMO MIERCOLES A POR LA COPA DEL REY ¡¡¡AUPA CAMPEONES!!!

Gracias querida Gata, sigo aquí, pero sin ganas de nada.

MI SALONCITO DE REGALOS Y PREMIOS